lunes, 13 de febrero de 2017

Pa habernos matao

Ávido de ver fútbol como hacía tiempo, engullí fragmentos de partidos incluso de Segunda y la Ligue 1. Pero lo cierto es que poco vi del que de verdad importaba. A esa mierda de hora difícilmente... Ni me quiero imaginar para asistir al estadio. Si a eso le sumamos el mal tiempo, pues el Calderón presentaba una imagen, que no sonido, un tanto desangelada para lo que estamos acostumbrados. ¿Sería esto el tercer tiempo del último partido del Nou Camp? Peor no pudo comenzar: Moyá remata en propia portería apoyándose en la cabeza de Cabral. Ni hecho aposta. Más madera por si no bastara con la que Sevilla y Real Sociedad habían echado ganando sus partidos fuera. Afortunadamente, como tantas veces, el infante Don Fernando acudió. Esta vez no fue un remate al primer toque, ni una definición picándola, ni un inapelable remate de cabeza. Fue una premeditada chilena parabólica que encorvó la nuca de propios y extraños. Comparaciones con su golazo al Betis en el Villamarín son inevitables y agradables. Quizá porque vi el partido a rachas, e incluso tuve que tirar de radio al ir a por la cena, y eso me trasladó a una época no tan lejana donde pelear por la previa de la UEFA (la Europa League aún ni existía) era la gesta de la década. 

El toma y daca seguía con fuerzas equilibradas y un penalty podía ponernos arriba. Un respiro por fin... Pero amigos, llámenme cenizo, que lo soy, en cuanto oí que lo tiraba Torres pensé que lo fallaba: con el golazo antológico de antes no iba ahora a meter lo fácil... Por desgracia así fue. El Atlético no le perdía la cara al partido, pero el Celta tampoco. Un rival incómodo como mear empalmado. Lo mismo te sacan la pelota limpia desde atrás que te arman una contra en tres toques. Probablemente les esté lastrando el estar en tantas competiciones porque de otra forma no se entiende su baja posición en liga. En una de éstas, aunque el Atleti inclinaba la balanza para su lado, Guidetti se encargó de recordarnos que con o sin pelo rubio nos tiene cogida la medida. 1-2. Quinta plaza... En ese instante el Atleti de Simeone no tocaba fondo, sino que horadaba el que hubiera. 


Este año en ocasiones el equipo adolece de falta de contundencia defensiva (las más) y de carácter (las menos). Ayer, independientemente de lo que hubiera pasado, lo bueno fue que no se le perdió la cara al encuentro jamás. El Celta se confió con el gol y los nuestros siguieron martilleando. Y así fue como el bachiller Carrasco, que cuanto más murmullo se cernía sobre él, más la pedía, enganchó una volea si me apuran más difícil que el gol de Torres. Mal menor el empate, pero casi se firmaba. En esas mi hijo se choca con el cabecero de la cama, quito el móvil porque ahora las prioridades son otras, y al volverlo a poner veo una celebración ralentizada. Algo no encaja... porque el Cholo no va a ir al córner por ese empate... Resultó que Griezmann, por un momento se quitó el disfraz de hombre gris y servido por Gameiro, el de las mejores asistencias de la liga, desató la catarsis colchonera. Ese gol logró lo que no consiguió la lluvia: cerrar el infierno que se había entreabierto en el centro del Calderón. ¿Quién mejor que Antoine? Con los pelos esos de serafín que me lleva. ¿Quién sabe la importancia de este desenlace? Puede que sea una mera victoria que prorrogue la 'deriva' de este año, pero no seré yo el que deje de creer en este equipo.